Tiempo de Cuaresma, preparación para vivir la Pascua
La gente hoy en día tiene sed y hambre de un Dios con brazos humanos
Una oración desde el corazón
Cuando fui seminarista, una época tan felizmente aventurera y loca, me enviaron a la parroquia San Francisco de Asís, ubicada en la Calle Juárez y General Cepeda del Centro Histórico de Saltillo. Iba con la encomienda de dar promoción a la colecta a favor del Seminario. Estaba ahí preparándome para ayudar en la primera misa. Escuché llegar a alguien. Me asomé y vi a un niño de esos que solemos llamar “de la calle”; andaba todo andrajoso y traía consigo una cajita de chicles. Pensé mal: “a lo mejor viene robar”. Como siempre, Dios tiene sus maneras muy especiales de enseñar el verdadero significado de la existencia. Para mí sorpresa, el niño comenzó hablar con Dios, o mejor dicho, hacer oración, la cual recuerdo perfectamente: “Hola Dios, buenos días; te doy gracias porque me regalas un día más; y bien, me voy porque tengo que vender estos chicles para ayudar a mí familia con los gastos y aquí voy andar, a ver en qué te puedo echar la mano”. Me quedé estupefacto ante esas palabras llenas de sinceridad y de una fe que ni yo mismo tenía: “aquí voy andar, a ver en qué te puedo echar la mano”. Si nuestra oración fuera así, la de todos(as) los creyentes, nuestra espiritualidad sería otra y no la santurrona que seguimos cultivando. ¡Qué gran lección me dio ese niño! Sentí pena por mí, pero a partir de esa gran enseñanza, me di cuenta del verdadero significado de la oración y de vivir una espiritualidad. Doy gracias a Dios por ese niño que no he vuelto a ver.
Una espiritualidad equivocada
Esta vivencia me lleva a una reflexión que comparto con ustedes.
¿Qué significado real e histórico lleva a vivir una espiritualidad hoy en día? No me equivoco si me atrevo afirmar que vivir una espiritualidad hoy en día es no reducirle a pensar que es pertenecer a una iglesia en particular o a una religión; a rezar el rosario o una novena; ser devoto de un santo en específico; golpearse el pecho y poner cara triste y de supuesto mártir; traer todos los escapularios habidos y por haber. Una verdadera espiritualidad no se reduce a repetir rituales que apagan la viva pasión y, sobre todo, la misericordia del Dios que hay en cada uno. No es una liturgia autómata, repetitiva, rutinaria que se sabe de memoria y que más de una ocasión se repite cual pericos. No digo que todos esos ritos y tradiciones no sean parte de una espiritualidad, pero sólo son una pequeñísima parte de ella.
Vivencia humana
La espiritualidad es ante todo una vivencia en todo el sentido de la plenitud humana. Es una forma de ser y quehacer ante la realidad. Sobre todo del ser. Esto es clave. El ser en todo el sentido de la plenitud de la realización para que después tenga sentido el quehacer en el devenir cotidiano. Una auténtica espiritualidad no es para alienar o crear individuos pasivos. La espiritualidad es movimiento; mueve a descubrirse así misma(o), a seguir trabajando por la realización personal para compartirla con los demás. Muchos y muchas viven como si no fueran a morir y hacen de su espiritualidad un adorno esnobista y social nada más, reducen su espiritualidad presentándola a Dios como un pliego petitorio, como si estuvieran en constante huelga; sólo piden, piden y piden y no hacen nada en absoluto por corresponder al amor que se ha revelado en Jesucristo: Él enseñó el camino ¿Qué hacemos? Las religiones y las iglesias tienen la responsabilidad de apostar para que verdaderamente sus seguidores maduren hacia una fe adulta y que vivan una auténtica espiritualidad que los lleve a un crecimiento personal y comunitario, a un compromiso real en la época que se vive.
Espiritualidad que transforme
Una transparente espiritualidad debe llevar a un cambio y a una transformación interna que se proyecte en una actitud frente a lo que se vive. Una espiritualidad sincera no cultiva el montón de supersticiones existentes, al contrario, recuerda la autonomía que todo ser humano tiene desde que nace y, ante todo, respeta la libertad humana. Una espiritualidad bien llevada descubre que Dios es esa fuerza que anima a luchar por la paz y a erradicar la violencia que existe en el país. Dios se la juega con nosotros. Dios es ese dinamismo interno que mueve a no permanecer pasivos ante el horror cotidiano. Dios va en el caminar diario. Dios acompaña y está con la mujer que se prostituye cada noche para tener un poco de dinero extra para sacar adelante a sus hijos; está en el obrero que trabaja horas extras y no le pagan salario justo; acompaña a la lesbiana que quiere vivir su fe desde su preferencia sexual; en el enfermo de SIDA que lucha contra la discriminación aún y en su familia; en el homosexual que desde su vivencia en pareja quiere ser objeto de la misericordia; en la mujer abusada físicamente, verbalmente, sexualmente. Incluso en la gente no creyente. Son ellas(os) los que muestran en más de una ocasión un Dios vivo y transparente que el de nosotros los supuestos cristianos.
Adolfo Huerta Alemán