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¡Que brote la justicia!

 

Como el suelo hecha sus brotes, como un jardín hace germinar sus semillas, así el Señor hará brotar su justicia y su fama frente a todos los pueblos

 

En el contexto de la situación no sólo en Coahuila, sino en todo México, es necesario e indispensable que “haya una transformación del ser humano”, comparte fray Raúl Vera López, Obispo de Saltillo, refiriéndose a este tiempo en que los católicos celebran el nacimiento de Jesucristo.

Para entender dicha transformación, es necesario e indispensable conocer y vivir el amor que Dios le tiene al ser humano y que se manifiesta a través del nacimiento de su Hijo Jesucristo.

“Mientras cuidaban sus rebaños, el ángel les anunciaba (a los pastores) los signos que rodeaban el nacimiento de ese niño, signos que no eran de poder, sino signos humildes: “encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. (Lc. 12, 2); pero a ese ángel que les anunciaba el nacimiento del Mesías, se juntaron las milicias celestiales y empezaron a entonar un himno lleno de esperanza: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. (Lc. 12, 14). Acontecimiento que transforma la vida de todo ser humano.

Fray Raúl Vera López menciona las palabras del Antiguo Testamento que relaciona este acontecimiento: “Este himno es un eco de aquellas palabras del Libro de Isaías, capitulo 61: “Como el suelo hecha sus brotes, como un jardín hace germinar sus semillas, así el Señor hará brotar su justicia y su fama frente a todos los pueblos”.

Es así que con el nacimiento de Jesucristo, el Dios de la vida enciende en cada corazón, en cada ser humano la justicia y, desde cada ser humano, a todo un pueblo, a toda una comunidad, a toda una sociedad.

“Estas obras de justicia, que brotan de la tierra, hablan de la transformación de todos los seres humanos y de la transformación de su historia como pueblo que provoca la pasión misteriosa de Dios sobre el corazón humano”, dice el obispo, refiriéndose al hecho de la Encarnación de Jesucristo.

“Esta transformación del ser humano, su corazón, su modo de entender la vida, su modo de entender su relación con Dios y con sus hermanos harán esa germinación de la justicia, justicia que viene a establecer Jesús, mediante su Palabra, cambiando los criterios de la actividad humana mediante la acción poderosa que se escribe en el corazón del hombre para transformarlo en un corazón fundamentalmente bueno”.

Por lo tanto, es necesario e indispensable que hombres y mujeres de Dios, honestos, trabajen por la justicia, se involucren con la justicia, pidan la justicia, clamen la justicia que actualmente no existe.

 

En una carta dirigida a las comunidades parroquiales, el sacerdote Pedro Pantoja Arreola, responsable de la Dimensión de Ciudadanía manifiesta sobre la esperanza de una nueva vida: “La violencia y la muerte no son la única palabra en nuestro país y en nuestro Estado, necesitado de profetas y de valientes ciudadanos que abandonen la silla frente al televisor para salir a la calle, al encuentro de esos nuevos clamores populares, en búsqueda de una ciudadanía crítica, transformadora, con derecho a la esperanza de una nueva vida, de una nueva sociedad con plenitud de vida, penetrada profundamente pro una auténtica sustentabilidad y calidad de vida, que proclamen que se puede vivir de otra manera.

… como pastores, retomamos también otro aspecto del profetismo bíblico, que no sólo actuaba en acciones de denuncia y enfrentamiento contra la injusticia, sino que también con ternura divina, ejercía el profetismo del “consuelo” con el pueblo desesperado en el destierro, tal como Isaías lo expresaba. “Consuelen, dice Yahvé, tu Dios, consuelen a mi pueblo… Díganle que su jornada ha terminado” (Isaías 40, 1-2).

Por eso hacen falta jóvenes que se involucren y alcen su voz; adultos que se comprometan a formar a los niños y las niñas desde la honestidad y la verdad; mujeres que no se queden calladas ante las situaciones de dolor y de tristeza.

Solamente así germinará la justicia, justicia que hace falta para que la paz inunde los corazones de quienes más sufren.

María Eugenia Arriaga

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