| María de Guadalupe nos enseña a ser colaboradores de Cristo en la obra de la justicia y de la paz | |
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¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra?¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? MARÍA DE GUADALUPE NOS ENSEÑA A SER COLABORADORES DE CRISTO EN LA OBRA DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ Homilía de Fr. Raúl Vera, O.P. en la Peregrinación de la Diócesis de Saltillo a la Basílica de Guadalupe 8 de julio de 2009
¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra?¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? Queridos hermanos y queridas hermanas de la Diócesis de Saltillo: venimos en esta peregrinación, como lo hacemos cada año, junto con muchas personas que visitan esta Basílica, a las cuales nos unimos en nuestra celebración Eucarística porque juntos y juntas recorremos el camino de la esperanza, de la vida, de la luz y del amor, en Coahuila, en México y más allá de México. Es la persona misma de nuestro Señor Jesucristo a quien recibimos cuando escuchamos y aceptamos su Evangelio. Un reflejo de la vida que nos viene de Él con los dones que ello comporta, fueron mostrados a San Juan Diego en los signos que rodearon a las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, signos que él contempló y palpó aquí en el cerro del Tepeyac; todo ello es el significado que tiene la primera lectura que se nos ha proclamado tomada del libro del Eclesiástico (Cf. Si 24,23-31). María, que ha recibido a su Hijo no solamente en su seno virginal sino en su corazón, y que ha sido su mejor discípula, nos enseña con la fuerza de su amor y con el espíritu de servicio generoso, a ser promotores de la vida, de la verdad, de la paz y de la justicia. Desde el Tepeyac continúa siendo una luz, un faro que ilumina nuestras vidas y nos invita a salir de nuestro egoísmo y apatía, de nuestros complejos y cobardías para transformar nuestra patria y todo este Continente, lograr que en él todas y todos sus habitantes tengan acceso a la vida plena, a la vida en abundancia que su Hijo vino a traer al mundo. Esta lectura del Eclesiástico que se nos anunció nos habla del propósito que María tenía en su corazón al venir a apoyar con su presencia protectora, el anuncio del Evangelio en tierras de América. La palabra de San Pablo, tomada de su carta a las Gálatas (Cf. 4,4-7), nos enseña la libertad que Cristo nos regala por medio del Espíritu Santo, don que llega a nosotros a través de su muerte y resurrección. El mismo Espíritu nos da la convicción y nos hace comprender la nueva condición de hijos e hijas en que vivimos, rescatadas y rescatados de la esclavitud del pecado, con todas las limitantes que esa condición llevaba consigo. Ser hijo e hija de Dios significa preocuparnos por su plan de amor y de libertad para el mundo. Y en el comienzo de todo esto estuvo la aceptación de María para ser la madre de Jesús, por eso ella sigue comprometida con la familia humana, para que cada uno y cada una de los miembros alcancemos la estatura de Cristo, el hombre perfecto que nos posibilita no sólo una plenitud personal, sino que nos lleva a realizar la fraternidad universal que como sociedad local, nacional e internacional, estamos llamadas y llamados a realizar. El diálogo entre María y su parienta Isabel que escuchamos en el Evangelio que se proclamó hace un momento, no se puede comprender del todo sin hacer referencia al diálogo de María con el Ángel Gabriel al momento de la Anunciación (Cf. Lc 1,26-38). Isabel recibe a María como “la madre de mi Señor”, pues el niño que va en su seno ha sido llamado por Gabriel Hijo del Altísimo, Santo e Hijo de Dios, Rey que reinaría sobre la casa de Jacob por tiempos sin fin. Además, Isabel proclamó dichosa a María porque creyó que se cumplirían todas las cosas que le fueron dichas de parte del Señor. Sabemos que en el diálogo con el Ángel Gabriel, María recibió mucha información acerca de la misión salvadora de su Hijo, misión a la que María se dispone a colaborar activamente cuando se declara la sierva, la esclava del Señor. Ella respondió al saludo de Isabel con las palabras que escuchamos hace un momento en el mismo evangelio: “Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. ¿A qué humillación se refiere la que dice de sí misma ser la esclava del Señor? María comparte con su pueblo cotidianamente la ocupación romana, la pobreza, la carga de leyes civiles y religiosas imposibles de cumplir, y además, ella, Isabel y todas las mujeres judías, están bajo el mandato de leyes que por el hecho de ser mujeres, las ponen en situaciones de desventaja y marginación. El hecho de que María estuviera embarazada antes de que vivieran juntos ella y José, tenía como consecuencia que pudiera ser condenada a muerte por lapidación. En realidad, de acuerdo a las leyes religiosas, se condenaba el hecho del embarazo pero sólo en la mujer, ningún hombre jamás fue lapidado por embarazar a una mujer. De forma diferente, pero por la misma razón, por ser mujer, Isabel, era avergonzada. En la cultura judía la esterilidad era una desdicha, una desgracia, incluso un castigo de Dios por algún pecado (Gn 16,4-11; 29-32; 30,1; Lv 20,20-21; 1Sm 1,5-6; 2Sm 6,23). Ambas mujeres, María e Isabel, eran maltratadas en aquella sociedad, por ser mujeres. El resto del cántico que María pronunció ante Isabel (Cf. Lc 1,46-55), nos muestra que ella no entendía su vida, ni la de sus hermanos y hermanas israelitas, ni la de ningún hombre o mujer que vive en la tierra, desde la lectura abusiva con la que el imperio romano justificaba las humillaciones y atropellos a que sometían a los pueblos conquistados, pero tampoco aceptaba las cargas abominables que la cultura judía religiosa y civil imponía sobre el pueblo. Pero la humillación en que vivía no le impidió la libertad con la que ella ponía su mirada y su corazón en Dios, como era anunciado por los profetas; ella tenía puesta su esperanza en la liberación anunciada por ellos mismos, a través del Mesías, para establecer la justicia y el derecho en la tierra. Su bellísimo cántico sigue resonando en nuestros corazones y nos llena siempre de esperanza. Desde su mirada de fe, María se descubre como sierva y esclava de Dios, el único que nos dignifica cuando ponemos toda nuestra vida a su servicio, que es servicio a la libertad y a la dignidad para todos, a la paz y a la vida verdaderas que vino a establecer Jesús su Hijo en la tierra. Ambas mujeres creyeron y vivieron el cumplimiento de las promesas de Dios en acontecimientos extraordinarios que las maravillaron a ellas y nos maravillan todavía hoy a nosotros porque son promesas que se cumplen, pues provienen de Dios que es el Amor mismo, es la Verdad misma. En la elección que Dios hace de María e Isabel, Él muestra su predilección por los humillados y las humilladas de la tierra, por todas y todos los que, bajo el dominio de poderes extranjeros o locales, son empobrecidos y desprotegidos en su propia patria o como emigrantes. Esta elección se renueva permanentemente. Nuestra Señora de Guadalupe elige entre todos al hijo más desamparado, a Juan Diego, al que vive bajo el dominio de los españoles que devastaron su cultura, su nación, los enviaron a vivir fuera de la ciudad y los contagiaron de enfermedades para las cuales no tenían cura, los enviaron a trabajar en condiciones inhumanas, etc. Estaban al borde del exterminio. Nuestra Señora de Guadalupe elige a San Juan Diego porque estaba en la posición que ella estuvo cuando Dios la llamó para confiarle la vida de su Hijo, pues Dios conoce que en el sufrimiento de las y de los pobres, de las y de los desamparados, palpita un corazón lleno de esperanza, ansiando la liberación que sólo del Dios del amor les puede venir. Estos pasajes del Evangelio adquieren para nosotros un especial significado al escucharlos y meditarlos en este templo, a donde hemos llegado como peregrinos y peregrinas, ante la hermosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, dibujada por intervención divina en el ayate del indio San Juan Diego, y legada a nosotros y nosotras por ella misma como un signo de su efectiva y permanente intercesión a nuestro favor ante la Majestad Divina. Esto lo sabemos de las propias palabras de María en el mensaje que por medio de Juan Diego le envío al obispo, expresándole los motivos que tenía para que se le construyera un templo. Ella pedía al obispo por medio de su enviado que se cumpliera “ su voluntad y deseo”: Un templo “para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Ella sabe lo que sufren los pobres y pequeños porque ella fue pobre y pequeña. También conoce las causas de la pobreza y del sufrimiento y del abandono que padecen los desprotegidos de la tierra. Tales causas son la ambición desmedida de poder y de riqueza que se anidan en el corazón humano, pervertido por el pecado. Sabe bien que el egoísmo y la ambición conducen a los seres humanos a la acumulación de bienes y de poder, hasta convertirse en ellos en un impulso incontrolable y sin ningún límite ético que los lleva a apoderarse de los recursos naturales y tecnológicos, estratégicos para el desarrollo de países y de regiones enteras del planeta, para lo cual, es fundamental controlar a los pobres, de tal forma, que éstos llegan a mostrar que están de acuerdo con esta barbarie. Sin embargo, aún en medio de una situación aparentemente insalvable para los pobres, María pone su esperanza en el poder Salvador de Dios, que llega hasta ella y a todos los pobres de la tierra, por medio de su Hijo. Vale la pena detenernos a meditar algunas palabras de Jesús en el Evangelio que nos ayuden a entender las razones que María tuvo para creer y esperar de Dios el cambio de la suerte para los pobres de la tierra, con la mediación de su Hijo. Jesús dijo en una ocasión: “Qué difícil es que un rico entre en el Reino de los Cielos. Les repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja –hoy diría Jesús: es más fácil que una camioneta todo terreno entre por el ojo de una aguja- que un rico entre en el Reino de los cielos” (Mt 19,23-24) . Los apóstoles se escandalizaron por esta afirmación de Jesús y se preguntaban “¿Quién se podrá salvar? (v.25)” Al escucharlos, Jesús les comentó: “Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible” (v. 26). Por un lado, la reacción de los discípulos se comprende porque ellos esperaban que Jesús llegara a tomar el poder que los romanos tenían sobre Palestina y, como personas cercanas al Maestro, aspiraban a gozar de los privilegios que esa posición de Jesús les otorgaría. (Cf. Mt 20,20-24), es decir, que también experimentaban en el propio corazón lo que Jesús estaba condenando. Por otro lado, en ese contexto ¿cómo podemos entender las palabras con las que Jesús contesta al interrogante de sus apóstoles? Jesús sabía que es del corazón pervertido por el pecado de donde proviene la creencia de que la felicidad consiste en llegar a poseer grandes riquezas materiales junto con el poder que esto trae consigo. O bien, creer que la felicidad le da la posesión del poder político, entendido como un medio por el que se va a tener acceso a grandes riquezas. Cristo dice a los discípulos que esa mentalidad y esas aspiraciones que provienen del pecado no está en la capacidad del hombre desarraigarlas, sólo lo puede lograr el poder de Dios. El poder de Dios para quitar el pecado del mundo se despliega por medio de Cristo como lo anunciaron los antiguos profetas, por medio de la sanación del corazón humano, lo que abre un nuevo futuro para la historia humana: «Quiten sus fechorías delante de mi vista, desistan de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busque lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen por la viuda. Vengan, pues, y disputemos - dice el Señor -: Así fueren sus pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán» (Is 1,16-18). «Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano diciendo: "Conozcan al Señor", pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande - oráculo del Señor - cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme» (Jer 31,33-34); «Los rociaré con agua pura y quedarán purificados; de todas sus impurezas y de todas sus basuras les purificaré. Y les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,25-26). Jesús advierte lo detestable que a los ojos de Dios resulta la dinámica de desigualdad que el egoísmo humano provoca en la tierra en su deseo de acumular bienes, por eso dijo: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” (Cf. Mt 16,26). El Papa Pablo VI, citando a San Ambrosio decía: «No te pertenece —dice San Ambrosio— la parte de bienes que das al pobre; le pertenece lo que tú le das. Porque lo que para uso de los demás ha sido dado, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo, no tan sólo para los ricos’… Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario» (Populorum Progressio 23). La administración de los bienes de la tierra tiene una medida, y esa medida es la justicia, lo que impide delante de Dios la acumulación de ellos sin que nadie ni nada pueda poner algún tope, pues no se pueden acumular bienes desmedidamente sin causar daño a los demás. Los recursos del mundo tienen un destino bien determinado por su Creador: la realización plena de la vida de todos sus hijos y de todas sus hijas que vivimos en este planeta, sin excepción alguna. ¿A qué se refiere Jesús cuando habla de arruinar la propia vida, a cambio de ganar el mundo entero? En la parábola de la actitud del rico epulón ante el pobre Lázaro Jesús lo ilustra muy bien (Cf. Lc 16,19-31): El epulón con el corazón endurecido se dedicó a acumular riquezas – a ganar el mundo entero-, y en medio de ellas (la molicie) le negó al pobre incluso las migajas que caían de su mesa. El juicio severo que recibió de parte de Dios al final de su existencia, es la paga a su desamor y a las injusticias acumuladas a lo largo de su camino por este mundo. En esta parábola Jesucristo establece claramente la relación causa efecto que existe entre pobreza y riqueza, con los bienes acumulados por el rico epulón y sus hermanos propiciaron que existieran muchos Lázaros, es decir, muchas personas que carecían de lo más indispensable para vivir. Dios nos da la vida con sus cualidades y potencialidades para promover la vida de nuestros semejantes y no para provocar frutos de muerte a base de producir hambre y miseria. La misma enseñanza nos dejó Jesús en la descripción de lo que será el juicio final, solamente quienes produjeron vida para los demás (“me dieron de comer”, “me dieron de beber”, “me hospedaron”, etc.), entrarán definitivamente en la plenitud de la vida, en la eternidad del Reino de los Cielos (Cf. Mt 25,31-46). A la luz de estas consideraciones podemos comprender mejor el impulso de la esperanza que animó el corazón de María al disponerse a colaborar en la obra de su Hijo, quien por el misterio de la redención vino a restaurar el proyecto encomendado a cada hombre y a cada mujer y a toda la familia humana en su conjunto, para poblar, organizar y conducir el mundo, con santidad y justicia, y con rectitud de corazón (Cf. Sab 9,2-3). María profetiza en su cántico ante Isabel que Dios purificará la tierra, una purificación por la que desaparecerá la soberbia humana, las desigualdades y la inequidad (Cf. Lc 1,46-55), la certeza que ella tiene de que esto es posible, de que esto lo realiza el poder soberano de Dios en quien ella tiene puesta toda su confianza. La conversión del corazón humano es posible gracias al perdón que Dios ofrece al mundo por medio de su Hijo y por la participación en su vida divina, que llega a nosotros en el don de su Palabra y de su Espíritu, en el misterio de su cuerpo y de su sangre, entregados por nosotros y compartidos con nosotros en el misterio de la Eucaristía. Pero a ejemplo de María, de Isabel y de Juan Diego, nosotros hemos de colaborar con Dios y con su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para purificar nuestra tierra. En la base del desorden social que nos abruma y preocupa está nuestra incoherencia. En efecto, los candidatos de cualquier nivel de gobierno condenan en sus campañas públicamente los abusos y la corrupción de sus antecesores, pero pactan con ellos para poder acceder al cargo al que se postulan. Lo mismo sucede con los dirigentes sindicales, condenan públicamente los abusos patronales y la corrupción del Estado, pero no defienden los derechos del trabajador y la trabajadora para que nadie los señale desde el poder establecido, y permanecer así por décadas como dirigentes, acumulando bienes a costa del manejo poco honesto de las cuotas sindicales y recibiendo dádivas de quienes compran sus graves omisiones, para negarle justicia al trabajador. Los policías, los militares, las agencias de investigación, los jueces, los magistrados y los funcionarios que luchan contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, condenan públicamente la violencia de las bandas, pero callan y se ocultan bajo el manto de la impunidad sin enfrentar el clamor de los más de diez mil muertos, producto de su irresponsable guerra perdida. Los pastores de la Iglesia celebramos la democracia pero somos sordos ante las críticas de las y los laicos; nos cegamos y enmudecemos ante las injusticias y violencia que sufre nuestro pueblo con los militares que toman las calles, las extorsiones, los secuestros y las muertes que provoca el crimen organizado, el desempleo, el hambre y la inseguridad de la vida familiar, provocados por la crisis económica. Los varones reclamamos justicia ante los atropellos de las empresas, sindicatos, partidos y del Estado, pero en nuestras casas y en las calles maltratamos, golpeamos, violamos y asesinamos a las mujeres. En medio de la situación difícil y aparentemente insalvable que a María le tocó vivir en su tiempo, supo levantar su mirada a Dios y animó el corazón de Isabel a poner también toda su confianza en el que Todo lo Puede y cuyo nombre es Santo. María también levantó el ánimo de Juan Diego, que se consideraba a su mismo un paria, un inútil, humillado como estaba él con todo su pueblo. Ante la situación difícil por la que pasamos en Coahuila y en todo México, hoy venimos a María, y nuevamente en nuestro corazón suenan intensamente las palabras con las que le habló a Juan Diego al verlo tan afligido por la enfermedad de su tío Bernardino: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío”. Ella, la Madre de Dios por quien se vive, dirige nuevamente estas palabras a cada uno y cada una de quienes estamos aquí. Y nos las dice como Pueblo de Dios que somos, a la Diócesis de Saltillo y a todas y todos ustedes que nos acompañan y se solidarizan hoy con nosotros que son parte de este noble pueblo de México. Ante María venimos afligidos por nuestro pueblo enfermo de violencia y hambre, sediento de justicia y paz; ella se dirige a nosotros como lo hizo con Juan Diego, y nos pide que no nos paralicemos ni nos desanimemos ante esa enfermedad de nuestra Nación y de nuestro estado de Coahuila, sino que nos movilicemos y nos pongamos en camino, pues el poder de Dios lo puede curar. Nos invita hoy como lo hizo en las bodas de Caná (Cf. Jn 2,1-11) con aquellos que atendían a los comensales de la fiesta, a colaborar con Jesús para que Él solucionara el apuro en que estaban aquellos novios por la falta de vino para sus invitados cuando les dijo: “Hagan lo que Él les diga”. Así a nosotros, María Santísima nos invita a hacer lo que Jesús nos pide en su Evangelio. Sólo con la mirada puesta en Él venceremos nuestros miedos y nuestras cobardía, tendremos ánimo para buscar nuevos caminos que lleven a la paz y a la justicia, al amor y a la libertad para todos, en Coahuila y en México. El día de ayer el Papa Benedicto XVI le dio a la Iglesia y al Mundo una nueva carta encíclica con carácter social que se llama Caritas in Veritate, “El Amor en la Verdad”, donde nos invita a poner nuestra mirada en Dios para conocer la verdad que nos hará libres y desde esa verdad amar con todas nuestras fuerzas a nuestros hermanos y hermanas, trabajar por un mundo en que se cumplan los requerimientos de la justicia, revitalizar nuestra responsabilidad ética en nuestros compromisos sociales, y los que creemos en Cristo contribuyamos a la humanización del mundo desde el amor que viene de Dios por medio de su Hijo, amor que ya está actuando en el mundo porque Dios envío al mundo a su Hijo para salvarlo, no para condenarlo. Quiero tomar literalmente unas palabras de dicha carta del Papa que se aplican totalmente a México, no solamente ante la crisis económica que nos afecta, a lo que él se refiere muy concretamente, sino a la crisis de seguridad que padecemos. Las palabras de dicha carta a las que me refiero son: “hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya mayor atención y participación en los asuntos públicos por parte de los ciudadanos” (Caritas in Veritate 24). En el mensaje que di en la Diócesis de Saltillo para las pasadas elecciones dije que es fundamental e ineludible poner dos condiciones que nos permitan soñar y alcanzar el México que todas y todos queremos: “La primera es que se establezca de manera inmediata el derecho al referendum decisorio y vinculante, para que a partir de ahora, los tres niveles de gobierno, Municipal, Estatal y Federal, sean sometidos a consulta ciudadana, para que sólo las y los ciudadanos, decidamos ratificar o revocarles el mandato, y en el caso de corrupción someterlos/as a juicio. La segunda, instalar a la brevedad el derecho al plebiscito, para que seamos los y las ciudadanas quienes decidamos si se aceptan o rechazan las propuesta que conciernen a la soberanía de nuestro país. Poner estas condiciones marcará el comienzo de una nueva etapa de nuestra vida política, que nos permitirá tomar en nuestras manos este campo que llamamos Patria, País y Nación”. (Mensaje para las Elecciones de 2009. Fr. Raúl Vera). Recordando una carta del Papa Paulo VI, sobre el desarrollo de los pueblos llamada Populorum Progressio, el Papa Benedicto XVI, en esta Encíclica Caritas in Veritate dice: “La Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta también por la caridad en la verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa (2 Co 5,14). Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige tomarla en consideración para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas”. (Caritas in Veritate 20). En orden a tener el vino exquisito que hubo en las Bodas de Caná, Jesús tuvo colaboradores en los servidores de la fiesta que llenaron las jarras de piedra con aproximadamente seiscientos litros de agua que Jesús convirtió en el vino. Igualmente, para que la Iglesia de este Continente gozara con estos signos permanentes de la presencia alentadora y confortadora de María de Guadalupe entre nosotros, Juan Diego colaboró ardientemente con María para llevar el mensaje al obispo, y después, desde la primera ermita que se construyó para colocar su imagen, Juan Diego colaboró hasta el final de su vida para que se construyera el Templo vivo que ahora somos, como una Iglesia con rostro indígena y mestizo en toda Latinoamérica, y con los países del Norte del Continente como un solo pueblo que peregrina hacia el encuentro con el Padre. Concretamente pido a ustedes, los miembros de la Diócesis de Saltillo, que salgamos de este recinto contagiados del amor de María por su Hijo y por la humanidad entera que Él redimió, dispuestos como Él a continuar el establecimiento del Proyecto de su Padre Celestial en esta tierra, proyecto de amor y de verdad, de justicia y de paz, por medio de su gracia liberadora que purifica la tierra. Pongamos nuestra mirada en Dios y animados por el Espíritu Santo, leamos en su corazón cómo es el mundo que Él quiere para sus hijos, cómo es la sociedad que él desea que construyamos, a nivel local, nacional y universal; cómo es el ser humano, hombre y mujer, creado a imagen de Dios, que debemos colaborar a edificar por medio de nuestro trabajo evangelizador. Contamos para comprender todo esto con la luminosa intercesión de la Santísima Virgen María. Queremos introducir en nuestra región el proyecto para la vida del mundo contenido en el Evangelio y profundizado por el Magisterio de la Iglesia. En el nombre de Dios lo haremos a través del Plan Diocesano de Renovación Espiritual y Pastoral con el que empezaremos a caminar, Dios mediante, al comienzo del próximo año. Es el Plan para el que nos hemos venido preparando durante todo este tiempo en su etapa previa. Pongo, junto con todas y todos ustedes, en las manos de María, Nuestra Señora de Guadalupe, los trabajos y la vida toda de nuestra Diócesis, la vida de todos los coahuilenses, la vida de nuestra Nación y la vida de quienes recorremos la historia desde esta región del mundo que es el Continente Americano. |

