Jueves, 11 Marzo 2010
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Inicio de la vocación al sacerdocio
Entrevista a Fray Raúl Vera López en el XXII Aniversario Episcopal por el equipo de seminaristas para Cristo en Línea en el contexto del Año Sacerdotal
 
¿Dónde y cómo surgió su vocación al sacerdocio ministerial?
Cuando entré a la Universidad Autónoma de México para estudiar la carrera de Ingeniero Químico conocí a los padres dominicos; ellos tenían al lado de la universidad la parroquia universitaria como un centro cultural; fue ahí donde entendí más profundamente mi fe. Ellos entrelazaban el Evangelio con la problemática del país, los desafíos que como universitarios enfrentaríamos al ser unos futuros ciudadanos responsables, a tener un liderazgo en cualquier ambiente donde trabajáramos.
Ante esta formación, comencé a pensar en un cristianismo más maduro, siempre como laico, a ver la responsabilidad ética como ingeniero; también me di cuenta de las anomalías que en el mismo campo de la ingeniería química había en dicha industria; supe que la industria química estaba en manos de extranjeros y que para poder establecerse en México sobornaban personas para que aparecieran como accionistas; en ese tiempo tenía conceptos ubicados dado el proceso formativo en el orden cristiano porque era en base a discusiones de la Palabra de Dios como hacíamos un discernimiento sobre las problemáticas que a nosotros nos interesaban como estudiantes de una carrera universitaria.
Es aquí cuando empezó a ahogar en mí la preocupación por mi prójimo, empecé a sentirme inquieto por las cosas que pasaban en el país, y eso me llevó a tomar decisiones serias, siempre como un laico; decidí no trabajar para la industria química extranjera, no quería contribuir al desfalco de la Nación por parte de Estados Unidos; daban falsa información acerca de sus ganancias, ante el fisco mexicano presentaban ganancias mínimas y por debajo tenían millones; traían pura tecnología importada cuando nosotros teníamos otro tipo de proceso, la transformación iba a ser de acuerdo a lo que nosotros éramos y no para hacer una dependencia con tecnología que se las teníamos que comprar.
Esas eran algunas de las razones por las que decidí trabajar en la universidad, fue mi primera opción, una opción de vida para tener una incidencia en los jóvenes universitarios, en los jóvenes de la carrera de química.
 
Después, en el 68, cuando en México surgieron los problemas, me di cuenta que no bastaba quedarme en la universidad, que habría que llegar a muchas más capas, que no estaba conscientizada esa sociedad por el sistema, que había que ir a sectores más grandes del pueblo para ser un país nuevo que valiera la pena y empecé a contemplar la posibilidad de ser dominico predicador del evangelio.
 
Fue cuando mi vocación adquirió una forma y yo di una respuesta, porque sí fue arrancarme de una realidad muy cómoda para mí. Terminé mi carrera, tengo mi cédula profesional y sin ningún compromiso entré a la Orden de los Predicadores; mi vocación nació en la vida dificultosa en la que estábamos entrando en el país en ese tiempo; yo quise, con el evangelio, responder. Cuando empecé a pensar en la idea de entrar tendría 22 años, sin embargo, fue hasta los 23 años cuando ingresé.
 
¿Recuerda el día en que entró a la Orden?
Ingresé al convento el 4 de noviembre de 1968; inmediatamente hubo un retiro espiritual por una semana junto con otro mexicano y un costarricense y los tres hicimos una semana de ejercicios; después nos llamaron a comparecer  ante el consejo de frailes dominicos; acababa de pasar el 2 de octubre y me preguntaron si no tenía problemas con la policía y les dije: que yo sepa nunca. Recuerdo bien esa semana de ejercicios y a los ocho días de estar ahí me vistieron de fraile dominico e inicié el Noviciado.
 
¿Alguna experiencia que haya marcado la vida en el ministerio?
Recién ingresado a la orden fui a trabajar una noche con estudiantes universitarios estadounidenses de un grupo de la Legión de María a la plaza de Garibaldi en el Distrito Federal, una plaza para parrandear toda la noche y era de sábado a domingo; estuve confesando de tres a cuatro horas, con una cola de clientes pero tenía una persona de la Legión ayudándole. Otra de las experiencias fue que, mientras estuve en la parroquia universitaria, participé en una predicación de una semana en las Islas Marías a los internos y también me impresionó la fuerza de la Palabra de Dios para esos hermanos y sus familias. Después, como obispo, tengo muchas experiencias qué contar de mi paso por la ciudad de Guerrero, por la selva lacandona con los indígenas, el desierto coahuilense, los mineros, las mujeres violadas, los migrantes, todo eso me llena mucho la vida.
 
Como obispo y cabeza, ¿qué espera de los sacerdotes?
No les puedo pedir lo que yo no haga. Quiero que todos nos sintamos co-responsables del proyecto pastoral de la diócesis, que todos entendamos la necesidad de poner el Concilio Vaticano II en la base de la porción que atendemos; que nos enamoremos de un ideal de iglesia y desde ahí le echemos todas las ganas, co-responsablemente, no sólo sacerdotes, sino sacerdotes con laicos y la vida consagrada.
 
Como responsable y cabeza del Seminario ¿qué le pide usted a un candidato?
Primero pensar qué somos como Seminario y qué queremos de los muchachos. Espero, junto con los formadores del Seminario, con el ejemplo de vida que le demos los sacerdotes a los muchachos, que estemos muy adentro donde de la misión de la Iglesia esta situada en medio dn medio del mundo, donde la Iglesia toca los lugares de encuentro, los lugares de decisión con el Evangelio para que el mundo sea modelado dentro de este que es el proyecto de Dios para los seres humanos en la tierra.
Quiero y pido unos muchachos que vivan en el espíritu de la Iglesia del Concilio, entendiendo que la Iglesia no es para nosotros, entendiendo que cuando le doy una parroquia al párroco no es para que se mantengan, sino le doy al párroco para la parroquia, el párroco tiene ser muy fuerte para que haga un trabajo en la diócesis.
Espero que los muchachos, abiertos al espíritu, sean creativos, que no tengan miedo, que estén capacitados para dialogar con una sociedad plural donde hay muchos modos de pensar, ahí es donde entra el fermento del evangelio, es para dar luz, para entrar en el verdadero sentido de la vida humana, el verdadero sentido de la sociedad.
Espero personas muy maduras, preocupadas por todo, no encerradas en sí mismas, y no nada más cuidando el cascarón del centro y las cosas que están adentro, sino muchachos que vayan a conquistar al mundo.