Jueves, 18 Marzo 2010
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La pobreza en Gabino Vázquez
Lupe, junto con su esposo y sus siete hijos, viven en un cuarto de adobe de ocho metros cúbicos aproximadamente.

Sólo una cama de muchos años forma parte de los muebles; ahí duermen cuatro hijos, los otros en cobijas que tienden en el suelo.

El aroma del café y los frijoles se asoma por la chimenea, misma que abriga los cuerpos maltratados de esta familia que aprovecha el calor de la leña, testigo fiel de la pobreza que existe en ese lugar.

Pero ellos no son los únicos que viven ahí; otras familias más se suman al Ejido Gabino Vázquez, perteneciente al Municipio de Cuatro Ciénegas, parte de la Diócesis de Saltillo.

Son 35 ejidatarios los que recorren cada mes o cuando pueden más de 170 kilómetros para llegar a la cabecera municipal, casi dos horas por terracería; a su paso sólo piedras, arbustos y algunos arroyos se vislumbran.

Nadie los conocía, y tal vez nadie los conoce; un día salieron de su tierra por la miseria, porque los echaron, porque el poder se hizo presente; se hacinaron, se desaparecieron, se ocultaron en el pueblo donde muchos saben pero no dicen, donde muchos sufren pero callan, donde unos pocos disfrutan a costa de quienes menos tienen y les quitan eso poco.

Ahora regresan; no hay nada, sólo viviendas destruidas, adobe que se confunde con la tierra, techo desaparecido; nada queda, nada.

De esa nada levantan; chozas, tejabanes, cuartos con hules que cubren, agujeros que simulan ventanas; algo que aminore el clima invernal.

Dispuestos y dispuestas a reconstruir su ejido, mujeres, hombres, niños, niñas, se organizan para trabajar y continuar la historia que desde pequeños y pequeñas vivieron en este rancho.

En familia se trasladan a la falda de la montaña para trabajar la candelilla que transportan hasta el ejido y la cocen para convertirla en cera que finalmente venden a 28 pesos el kilo.

Eso poco lo invierten en lo básico: para el alimento y el vestido y, si les alcanza para la construcción, ya es ganancia.

Pareciera que los hombres son los fuertes, los que mandan, los que dirigen a la comunidad; aquí existe la matriarca doña Toya, mujer valiente y sabedora de la riqueza de su ejido.

Ella, desde la cueva, desde el trabajo, desde la cocina, impulsa a sus hijos e hijas a defenderse, a proteger su territorio. No en vano las arrugas en su rostro demuestran la fuerza que ejerce sobre su descendencia.

¿Por qué los quieren despojar de sus tierras? ¿qué hay bajo las piedrillas y el desierto plano y montañoso de esta región de Coahuila? Son algunas preguntas que incluso los pobladores se hacen y que hasta ahora nadie les da respuesta.

Lo que si saben es que las aproximadamente 90 mil hectáreas colindan con el Área Natural Protegida, decretada en 1994 por el Gobierno Federal ya que ahí existen especies de plantas y animales propios de la zona y que están en peligro de extinción.

La segunda parte de la historia inicia ahora, a partir de la denuncia y de la rebatinga de las tierras. El final se intuye, pero no se sabe ni se tiene claro.